Tristeza

Era de madrugada cuando, después de dar vueltas en la cama, abrumado por la ansiedad decidió salir de la cama. Su mujer dormía plácidamente, como quien está en paz consigo misma.

Dirigió sus pasos a la cocina. Bebió poca agua y se sentó frente a la ventana. Además de la luz de una lámpara citadina combinada con la sombra de las ramas del naranjo, se colaba un leve viento que elevaba las cortinas, además de los ladridos de perros lejanos, el rugir de motores, canciones casi imperceptibles… Los recuerdos vinieron a su mente. Le hubiera gustado en aquel momento, llevado por lo punzante de aquellas memorias, soltar en llanto. Tenía acumuladas detrás de los ojos tormentas de lágrimas. Le hubiera gustado en aquel momento haber estallado en llanto. No fue así. Algo le reprimía, no podía con la barrera que le impedía sacar todo el dolor.

Pasaron minutos, quizás una hora, cuando, sintiendo el peso del fracaso, el mismo vacío con que inició la noche. Se disponía a continuar el insomnio en cama… Pero estaba cansado. Fue entonces al pasar por la sala que le vio. Ahí estaba ella. La reconoció en seguida. Años atrás la había conocido. Con su piel etérea, bello fantasma de humo y de mármol. La amó. La adoró. Y pensó alguna durante una temporada vivir a su lado el resto de la vida. Hasta que llegó alguien capaz de superarla y se casó con ella. Hubo fiesta de bodas y todo lo de costumbre.

Así pasaron años. Y aquella que le había llenado de felicidad también abrió la puerta pequeña por donde entraron aquellos entes que le atormentaban, tres seres en forma de perras, que en ciertas noches le mordían hasta que brotaba sangre. La soledad. La celos. La muerte.

Esa noche pues. Se recostó en uno de los sillones. Ella se acomodó sobre él. La luz que entraba de la calle permitía verle los ojos. Ojos negros y profundos. Ojos apacibles. Se abrazaron pues. Él le contó su vida. Y lloró como niño en sus brazos. Sus lágrimas mojaron el hombro de ella. Habrán pasado horas, siglos, escuchando aquella historia. Hasta que tuvo sueño.

Estoy cansado. ¿Quieres morir? Tengo miedo. Sí, ahora siento que tiemblas, tus manos se han helado. Tengo miedo a convertirme en nada. No temas (le dio un lindo beso y le cerró los ojos). Siento una calma, te siento bella Tristeza. Hasta hoy pronuncias mi nombre luego de tantos años. Sí, hasta hoy me he atrevido. ¿Cómo te sientes ahora? Triste. ¿El miedo se ha ido? Creo que estoy listo.

Abrió los ojos y miró los ojos negros brillantes de Tristeza por última vez. Se sonrieron.

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