Trayecto Animado

Simplemente me dio por fotografiar un trayecto ordinario y jugar a volverlo extraordinario… Magia con un poco de humor.

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Pequeña contemplación.

Transcurre el verano. Con sus cielos vespertinos diciendo: mírame, contémplame, haz de mí una fotografía. Entonces alzo la vista y ahí estás vida.

Qué calma dicha… cada tarde volver a asombrarse como niño por tal pequeñez.

Así fluyo contigo estío, hacia mi propio fin un día, mientras fluyo sin resistirme a este deseo irresistible de vivir.

Turista en ciudad propia

Guadalajara, una ciudad para ser transitada con los ojos del blanco y negro y en otras ocasiones abriendo todo el espectro del arcoiris. Una ciudad de contrastes, que al ser caminada y contemplada puede inspirar todo tipo de sentimientos, pero ante todo la maravilla, el asombro ante su magia. Es un sábado a medio día, es verano y es septiembre, ha llovido anoche y el aire sola frescura, no hay mejor día para salir con la cámara como compañera y deambular, especialmente por esos pequeños sitios cargados de olvido, esos rincones que portan soledad y tristeza. Después de caminar por la hermosa avenida Hidalgo, de dejar atrás el Teatro Degollado y el Hotel de Mendoza, mis pasos da vuelta justo ahí donde se ha derrumbado un viejo edificio y se contruye algo nuevo que sin duda será monumental, nadie camina por ahí, absolutamente nadie, así empieza el transitar que me llevará a recolectar una serie de estampas que arman el rompecabezas que es esta ciudad. Guadalajara la de los personajes citadinos, los cholos vestidos al estilo raggaeton o al de sangre por sangre deambulando con la mona en la mano, los lavadores de carros asostados en la sombra de un árbol esperando cliente, las prostitutas mal vestidas en las afueras de las cantinas que abundan en las mediaciones del hotel París que no tiene nada de la ciudad luz sino el nombre, sus indigentes tirados en los rincones disponibles durmiendo a medio día, las marías que al mismo tiempo venden sus papas y cuidan a sus niños desnutridos y sucios, las húngaras que seducen al que se deja leer la mano, los huicholes y otros grupos étnicos vendiendo sus artesanías coloridas en los pequeños tianguis de la Plaza Tapatía, los niños que juegan con el agua de las fuentes danzarinas, los jóvenes amantes del rock y los cómics que dan conciertos en las gradas de la estación de San Juan de Dios, los que usan rastas en la cabeza, los que usan el estilo afro, los mariachis, los comerciantes de baratijas, los que compran en Fábricas o en C&A, los que comen en los restaurantes con música en vivo, los que hurgan en la basura, las parejas, los solitarios, los ancianos meditabuandos, los adolescentes que amenazan con aventarse a la fuente. Todo esto es capaz de despertar sentimientos encontrados, que van desde la tristeza hasta la euforia del orgullo de ser tapatío. Trato de adivinar sus pensamientos, me saturo intentando ver en sus miradas lo que piensan, veo gente en las calles, en los comercios, en restaurantes, en el tren y afinal de cuentas no conluyo nada… Como comencé, Guadalajara es una ciudad de contrastes…

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Guadalajara en construcción, el paso firme de la modernidad.
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El blanco muro de San Agustin.
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A un costado del Teatro Degollado, la ciudad abre sus vías hacia lugares más olvidados y solitarios.
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Anoche llovió, tres charcos conforman una composición hermosa en la Plaza Fundadores.
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Un lugar que invita a ingresar en él y olvidarse del tiempo presente.
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Avenida Hidalgo y sus pasadizos.
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Humboldt, pedazo de olvido, silencio, nostalgia.
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Los grafitis imposibles del centro histórico, un graffitero tiene menos miedo que un fotógrafo.
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Amarillo.
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Camino al Parque Morelos y sus famosos helados raspados.
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Hotel París, templo del sexo barato.
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El legendario Gallo, devorador de los ingresos de gente de bajos ingresos.
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Puerta de cristal.
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La casa de las palomas. Dichosas ellas que disfrutan de su vista espectacular.
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Un pequeño chiva hermano en las fuentes danzarinas.
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A punto de cantar a quienes pueden pagar este pequeño lujo.
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Pasillo solitario en las mediaciones de la San Juan de Dios.
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Otro pedazo de olvido.
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Naranja.
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Cielo Veraniego.

El pequeño mundo de Edna…

En su pequeño mundo, Edna duerme plácidamente, sueña con el aún corto acervo de experiencias que acumula en su vida.

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En su pequeño mundo, Edna explora todos los objetos que hay a su al rededor y empieza a seleccionar sus primeros predilectos.

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En su pequeño mundo, Edna encuentra interesante mirarse al espejo, a veces con seriedad y a veces se sonríe a sí misma.

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En su pequeño mundo, Edna tiene a Grecia, su hermana mayor, con quien pasa ratos de hermanos: de juegos, de risas y, por qué no, hasta de pequeños pleitos.

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Llueve…

No era una palabra aislada… era más que eso, más que una palabra… más que una frase.

Después de la lluvia encerraba cúmulos de recuerdos que tocaron inmediatamente otras almas que a través de un monitor, que a través de un blog, se dejaron tocar por su etérea magia y esbozaron una sonrisa.

Y es que, cada vez que la lluvia cae, cada uno recordamos un “algo” que fue.

 

Debajo del limero.

Hace una tarde nublada de inicios de verano. Desde el fondo del barranco asciende la bruma con parsimonia. El silencio reina, de vez en cuando se ve violado por los gorjeos de las aves barranqueñas y por los sonidos de las herramientas que cortan la hierba crecida. Los trabajadores se esmeran en terminar de limpiar la finca, el trabajo de quitar tanta hierba, tanta espina cargada de alimañas no es labor sencilla. El sudor ya resbala por sus sienes, las arrugas se re-marcan en sus caras prietas…

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Se hace la pausa sin necesidad de invitaciones, simplemente las labores se detienen debajo del limero. Eleazar, uno de los chamacos de los trabajadores, agita con toda la fuerza que puede el árbol de mediana talla. De sus ramas caen miles de gotas estacionadas desde la lluvia de esta mañana, las cuales ocasionan una explosión de risas en los hombres que debajo esperan obtener al menos una lima. Una vez calibrado el esfuerzo de Eleazar, acude Miguel, un joven albañil de tez morena y mirada alegre,  sacude con doble fuerza el árbol y de sus ramas caen las limas amarillas para alegría de los presentes. Pedro toma entonces la iniciativa, recoge las limas y las hecha en su playera doblada…

-Toma una. Ya tengo. Le sonrío.

Pelar una lima se vuelve un rito agradable, una buena forma de pasar el tiempo. Juan levanta la mirada al cielo. Ya viene la lluvia. Todos asentimos en silencio. Pedro emite una sonrisa chimuela hacia la cáscara de su lima que va desprendiendo tranquilo.

-Las limas están maduritas, están buenas, el tiempo es bueno…

-Estamos comiendo como en el tiempo de Adán y Eva…

-Sí, del suelo… de las caiditas- dice alguien más.

-En serio, así comían. Hubieran sido eternos… No hacían más que disfrutar.

-Si, en serio, no hacían nada para comer… sólo tenían uno prohibido: el árbol del bien y el mal… iban a ser dioses, iban a conocer el bien y el mal…

Pedro hablaba en pausas, cada frase suya la masticábamos como masticábamos aquella jugosa lima, con una delicia indecible. Nuestros ojos hacia el cielo. O mirando otros ojos alineados a los pensamientos de Pedro, asentíamos sin decir una palabra, ahora éramos dioses, éramos sabios, por eso el humilde albañil Pedro hablaba, por eso asentíamos… Conforme trascurrieron los segundos siguientes, los pensamientos se dispersaron: algunos siguieron la teología de Adán y Eva en una conversación interna, otros pensaron mejor en la lluvia que se venía, alguno más meditó en cosas profundas de la vida, lo cierto es que en esos instantes  nadie pero nadie pensaba en el trabajo.

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INCOMPLETITUD

Brianstorm sonaba en los potentes audífonos de una chica rebelde. Su padre, reconocido doctor en ciencias, que por esos días enfrentaba gran problema filosófico, le ordenó dejar la música y hacer sus tareas. ¡No lo haré! ¡Por qué! ¡Porque no! Fin de la discusión.

Al ilustre doctor aquella respuesta le rompió el esquema. Se retiró inmediatamente, no se quedó a discutir como en otras ocasiones. La respuesta de ella era la de siempre. Porque si. Porque no. Par de respuestas infantiles fueron las que iluminaron a nuestro hombre de números. Se encerró en su habitación y repasó las notas. Sacó marcadores y llenó de galimatías el pintarrón, escribió, sobre escribió, borro, corrigió una y otra vez, complementó con pequeñas notas; al final tenía un mapa incomprensible de cifras, de figuras básicas y cualquier cantidad de símbolos.

Repasó a Euclides, lo confrontó con Godel. Después de repetir varias ocasiones lo mismo, las conclusiones se vislumbraron.  Qué razón tenías Godel. Y todo es una mentira, o al menos una versión solo de la verdadera realidad, todo era una mera interpretación. Nada se puede demostrar por sí mismo… Los axiomas eran la cosa más frágil jamás elaborada, y pensar que sobre ellos se construía nuestra comprensión total del universo.

Se sentía abrumado. Salió a dar un paseo. Una ciudad de rascacielos se erigía frente a él. La sección aurea había sido sólo una interpretación de una escala hermosa, pero no la escala hermosa en sí. En otro sistema las secuencias se habrían definido de manera distinta, pero a final de cuentas resultando en la misma proporción. El Partenón de Atenas habría sido posible si las matemáticas fuesen otras y si los números no lo hubiesen sido y si los símbolos hubieran tenido distintos nombres. Vaya. Toda la geometría podía venirse debajo de un soplido y sobre ella escombros de millones de edificios hechos añicos.

Dio gracias al Dios matemático por vez primera en su vida, por esta gran revelación contenida en pequeñas respuestas faltas de fundamento. Porque si. Porque no. Pensó en su hija Renata y sonrió. La historia era mentira o al menos innecesaria ya. El caso es que estoy aquí ahora, no importa cuánto pasó, no importa si los héroes son invenciones de los ganadores o si fueron verdaderos, no importa lo que sucedió hace mil años, no importa. Han caído los esquemas pero esto a nadie conviene reconocerlo, cualquiera tendrá pereza de comenzar de nuevo a establecer las reglas del universo, así estamos bien. Con la historia, las ciencias, las matemáticas, las religiones. Nos han engañado, pero estamos bien.

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AMOR ACRILICO

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El aprendiz de pintor bajó del auto justo en la parte alta del poblado, en su rostro se dibujaba la alegría de aquel hombre que no ha perdido la capacidad de asombrarse como un niño. Agradeció al dueño del auto y dio unos pasos, bajando unos pequeños escalones, mientras el auto arrancaba de nuevo y se marchaba. Llego hasta una balaustrada de cantera y se apoyó en ella, desde ahí divisaba el hermoso y pintoresco poblado, el aire templado daba en su rostro sellando aquella misma sonrisa que le había acompañado por horas. En su maletín las acuarelas perfeccionadas esperaban su momento de salir y en ellas impregnados algunos millones de recuerdos de cada ciudad, de cada ranchería por la que había transitado. ¿Qué le esperaba ahora? ¿Qué nuevo bagaje le tenía reparado esta pequeña ciudad colonial acunada entre los cerros? ¿Qué sorpresas estarían escondidas en las decenas de callejones que habría de recorrer desde ahora? No lo sabía y era el esa ignorancia lo que alimentaba su felicidad.

Transcurrieron los minutos en aquel sitio, en el cielo el sol se ocultaba en una enorme nube, así como la sonrisa se diluía en el rostro nostálgico de aquel joven. No había una sola persona ya en el sitio, así que se dispuso a caminar, vio desde aquella altura las plazuelas del centro de la ciudad, allá debía dirigirse, allá tendería sus obras y les pondría un precio material para ganarse la vida.

La sensación de caminar en un sueño, en un sitio que no puede estar inscrito en la realidad le llenaba, desandaba aquellos callejones que se multiplicaban, que se bifurcaban, que variaban del color al blanco y negro incesantemente. El silencio, la soledad, los ecos de sus pasos bajando escalinatas interminables, los rumores que escapaban de algunas casas así como el olor a pan recién horneado, todo armonizaba perfectamente con sus mejores sueños. Aquel cúmulo de emociones le embriagaba, perdía el suelo, su cabeza se iba muy lejos, estaba ensimismado.

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Al fin fue a dar a una de las plazoletas principales, le decían San Fernando a aquel sitio. La plazoleta y cada calle del centro estaban abarrotadas de múltiples personajes que las transitaban, que descansaban en ellas, que comían, que escribían notas secretas, gente iba y venía, se estacionaba en las barracas a consumir alguna fritura o a adquirir un recuerdo de la ciudad, era un hervidero de personajes, de estatuas andantes, de tristones clowns, de mimos misteriosos, de juglares con laúd en mano y hazañas en la memoria, de artesanos y solitarios pintores, de parroquianos oníricos. Por allí buscó un sitio ideal, bajo una elegante marquesina de dos siglos de antigüedad, en el cual tender su nimia mercancía.

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Apenas ganó unas monedas de algunos transeúntes que provenían del mundo real, de esas personas a las que llaman turistas, que presumen sus billetes por ciudades lejas en las cuales buscan sueños mejores a los propios. Tales monedas eran suficientes para disfrutar una cena y alquilar una cama caliente en un mesón del pueblo. La noche estaba cayendo, las lámparas de las calles se encendieron y pintaron de ámbar aquellos muros vetustos, para aquella hora los caminantes se multiplicaron, pero no se trataba de personas, sino de fantasmas que habían salido de los muros muy discretamente, eran seres que se creían vivos, que vestían con ropajes pasados de moda y andaban con cierto estilo… las calles eran iguales a cuando estuvieron en vida, aquello les daba la sensación de estar aún vivos. El aprendiz de pintor, estaba asombrado de aquel espectáculo, sonreía.

Era el inicio del verano. Las primeras gotas de lluvia cayeron, eran gruesas gotas esporádicas. El joven se apresuró a guardar las acuarelas antes de que una lluvia robara el sostén de varios días. Afortunadamente lo hizo muy de prisa, ahora yacían guardadas en un maletín al que no entraría una sola gota de la peor de las tempestades. No pasó mucho tiempo para que la lluvia arreciará, entonces él se arrinconó contra el muro, sus pies eran empapados por la precipitación, pero su rostro y su maletín estaban a salvo. Des de ahí vio como decenas de personas corrían a refugiarse, dejando las calles solitarias en pocos minutos,aún los fantasmas huían despavoridos, sujetándose los elegantes sombreros de copa, las damas abriendo sus paraguas con feracidad. Pasaron las horas… vino a su mente de manera sutil el recuerdo de Beatriz, similar a la de Dante, a la de Sinclair, tan imposible como aquellas otras. Los recuerdos, las lecciones de acuarela, la mirada de Beatriz por aquellas tardes mil veces pintada en sus lienzos de papel. Podría ahora comparar aquellos días con todas sus realidades hechizantes a una acuarela magistralmente pintada y echada luego al río citadino de una noche lluviosa, todo venía a convertirse en una extraña seguridad de haber vivido algo pero ahora carente de sentido porque no existía más.

Como la gente, la lluvia también se fue, los ríos se fueron a morir en las alcantarillas. Nadie más de carne y hueso volvió a salir aquella noche, sólo volvieron los fantasmas, los hombres y mujeres de las famosas leyendas, la llorona, el usurero y la condesa, y muchos otros. El aprendiz algo cansado se dirigió a un mesón sencillo donde bebió una cena caliente y donde consiguió una cama decente en la cual pasar aquella primera noche.

A la mañana siguiente, ya descansado, salió a las calles en esa hora en que el sol cae con aplomo, con su rostro protegido debajo de un buen sombrero anduvo por las calles que parecían más reales, por donde turistas y comerciantes andaban con parsimonia. Y fue por una de las callejuelas de su paso que encontró una vivienda muy peculiar, era una tienda de arte, atiborrada de artesanías, de estatuillas de metal, de mármol o madera, así como pinturas de paisajes regionales elaboradas con óleo. Repasó con cuidado y asombro las repisas, los muros, los aparadores y aún los artículos que yacían sobre el suelo, miraba todo con embeleso. Mas su asombro vino a amplificarse cuando miró en la puerta de madera de aquel lugar una leyenda “Lecciones de pintura con acrílico”.

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Fueron los días de la conversión de la acuarela al acrílico. Una vez, ya de tarde, sentado en las escalinatas del teatro observaba al mimo callejero que daba su nimio espectáculo, cuando se cruzo con la mirada de su futura esposa. Una mirada que duró unos segundos en sus pupilas y con ello se quedó grabada. No se llamaba Beatriz sino Carmen. No era un recuerdo sino una mujer real. No dibujó aquellos ojos en acuarelas de frágil tono sino en acrílicos intensos, llenó lienzos y muros, durante sus ratos de mayor fervor. Y un domingo, afuera del mismo teatro, se atrevió a obsequiarle un pequeño cuadro de aquellos ojos, que transformados por sus sueños eran estrellas, eran juegos de raros colores, eran animales astrales trepando por las venas, por los adentros. A partir de Carmen, era más frecuente su contacto con los fantasmas y eran más vívidos sus sueños, sus largas callejoneadas personales eran delirantes, le parecía que en todo sitio estaba aquella dama. Y en el taller de arte, sus primeros paisajes pueblerinos se transformaron en abstractos conceptos, en líneas incomprensibles para las mentes no absurdas, en difusos actos lúdicos de pinceles de mil colores. Y el amor, ese concepto raro que estaba construido a base de dulces remembranzas, tomaba cuerpo, solidez como de óleo que ha secado. Pasarían los días, las semanas, doña Carmen, como se hacía llamar, solía sorprenderlo en alguno de sus sitios y seguían el paseo juntos, ella afirmaba amar sus cuadros y también afirmaba haber visto a muchos fantasmas en aquellas callejas del centro. Nunca había una cita, simplemente se encontraban y pasaban la tarde contando largas historias y leyendas, bebiendo cafés y suaves licores en oscuros sitios, también alguna vez la llevó al taller ya cerrado e hizo un cuadro de aquella fina joven. Doña Carmen era joven pero poseía viejas usanzas, tradiciones de la familia, como ella decía, era obstinada en convertir al humilde artista en un un noble caballero, al menos en sus modos.

¿Te casarás conmigo Francisco Carlos? Aunque sea la último que haga. ¿Y si el mundo estuviese en contra? Entonces huiremos al mundo de los fantasmas. En su fina cara se dibujó una sonrisa encantadora y volteó la mirada hacia los árboles de la plaza, era la hora en que las aves se concentran en sus copas y se aprestan para su propio sueño, su canto hacía eco en las antiguas calles. El artista y la dama estaban tomados de la mano, ya anochecía, por la calle transitaban poetas solitarios, parejas de otros enamorados, niños picaros, artistas ambulantes cansados y ya se contemplaban algunos espíritus bien vestidos. Uno de estos, al pasar, sonrió a Carmen, ella respondió con una pequeña venia. Unos minutos después otro más hizo lo mismo, el pintor se sorprendió pero no dijo nada…

A la mañana siguiente el pintor no se levantó de cama. Toda la noche había maldormido, abrumado por sueños y visiones, le había parecido que doña Carmen le había cuidado por lapsos. Tenía fiebre, una fiebre que no iba con el silbido de las aves matutinas. Así fueron varios días, de alimentos frugales, de visitas del doctor local y otros seres de poca importancia; pero él no mejoraba.

¿Te casarás conmigo Francisco Carlos? Aunque sea la último que haga. ¿Y si el mundo estuviese en contra? Entonces huiremos al mundo de los fantasmas. Búscame esta noche en la plaza de los Ángeles amor mío. ¿Había sido real aquella conversación, aquella visita de doña Carmen hasta su dormitorio? Ya era tarde cuando despertó después de dormir por horas, la fiebre había amainado pero sentía una terrible lasitud, una ataraxia incontenible. Se levantó y fue y preguntó si tuvo alguna visita mientras dormía. Una mujer joven de nombre Carmen señor, fue la única visita esta tarde. Volvió a su habitación lleno de brío, abrió la ventana y observó nubes en el cielo, sonrió. Se preparó tanto como le fue posible, aprovechando las nuevas fuerzas que habían surgido.

Salió a vagar como en semanas anteriores, a mirar las estatuas vivientes y la caterva de personajes reales y feéricos. Así anduvo con parsimonia hasta dar con la placita que lleva por nombre los Ángeles. Ahí esperó por no poco tiempo, las calles se fueron quedando solas, la impaciencia empezaba a convertirse en fiebre. Por fin doña Carmen salió no supo de donde y se sentó a su lado. Qué bien que me has esperado querido. Vamos debemos ponernos en pie e ir por aquel callejón que va de subida, no tarda en iniciar la lluvia. Vaya, la fiebre comienza de nuevo. ¿Me amas? Como a nadie en la vida. Vamos. Caminaron de prisa, la lluvia en unos segundos se dejó venir con intensidad. Se vaticinan inundaciones, dijo ella. Anduvieron callejón arriba y después viraron a la izquierda. Debajo de aquel balcón estaremos seguros. El callejón era tan estrecho en esa parte que apenas cabían si se estrechaba uno contra otro. La fiebre crecía pero estaba feliz, comenzó a ver a los fantasmas andar con despreocupación, la veía a ella y sonreía, ella le devolvía la sonrisa con un encanto multiplicado.

Se dieron un beso y desaparecieron. Nadie supo nada más. En el taller sólo quedaron muchos cuadros de acuarela y acrílico, producto de gran paciencia y dedicación, pero sobre todo del gran amor por la vida, amor que se intensificó por aquellos días de doña Carmen. Los cuadros eran abstractos, líneas con aspectos de siluetas, flores moviéndose, universos estrechándose, entrañas fluyendo por paraísos, cosas invisibles había sido pintadas con maestría, esas cosas que nadan por nuestros adentros o sonidos que pronuncia el viento con sus silbidos. Y en el reverso, notas, poemas, los recuerdos de los frágiles días de la acuarela hasta los días en que el acrílico llegó con sus más permanentes colores. Aún hoy en día, queda uno de aquellos cuadros sin ser vendido, con la siguiente nota al reverso: ¡jamás! Un “sin ti” en mi corazón… Beatriz (doña Carmen).

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Dedicado a mi amigo Francisco y a Guanajuato, mágica ciudad.

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El rito

Yo intentaba seguir la doctrina de un hombre. Era un tipo singular, con facha de loco, con barbas abundantes, paliacate en la frente a manera de cinta de karateca, una especia de Chuck Norris mezclado con hippie. Un tipo que enseñaba a través de prácticas extremas aunque simples, el camino hacia el encuentro de uno mismo, del sentido de la vida. Yo era, vamos a decirlo así, un visitante en su pequeña congregación, y temía enormidades quedar enganchado a lo que podía ser una gran falacia aunque no niego que sus palabras cuando eran calmas resultaban seductoras para mi mente o espíritu, qué importa.

Una tarde se llevaría a cabo una reunión más y yo me preparaba para acudir a la cita con el grupo. Baño, comida frugal, saludo a mi hermano que encontré en una habitación, etcétera. Todo fue realizado con una dosis de nervios como si presintiera que me esperaba un rito prohibido a dos cuadras de mi casa. Qué extraño sentimiento, podía no ir, podía irme corriendo lejos del sitio de la cita, podía hacer cualquier cosa menos encaminar los pasos hacia ese lugar, pero algo no me dejaba, algo me tenía cautivo.

Los minutos pasaban, ni lentos ni veloces, hasta que se llegó la hora de salir. La tarde estaba nublada, triste, las habitaciones de la casa se oscurecieron, crucé el puente que hay en el interior de la casa, desde allí la última imagen que recuerdo fue unas playeras tendidas en los lazos que atraviesan el patio imagen que perduró en los instantes de abstracción que precedieron a mi salida de la casa.

Poco tiempo después estaba reunido con grupo de hombres silenciosos que jamás en mi vida había visto. Me daba la impresión que mis compañeros estaban en un estado emocional muy distinto al mío, se veían serenos, dispuestos a hacer lo que se les ordenara esa tarde, mientras yo permanecía como idiotizado, como aletargado, con miedo ciertamente pero sin la menor fuerza para escapar, qué más daba si ya estaba allí. El predicador nos dio un sermón pacífico y después nos organizó en parejas, éramos tres pares de hombres, y nos asignó roles: asesino y víctima. A mí me correspondió ser el asesino de la tercera pareja.

Llamó a la primera pareja, asesino y víctima. Ordenó a la víctima que se colocara en el muro blanco, él obedeció sin chistar, una tranquilidad enorme se leía en su rostro. A unos pasos frente a él se encontraba el asesino, debía asumir que la víctima había cometido un mal muy grande contra aquel al que debía matar o perdonar, ahora debía decidir si matar o perdonar. El hombre decidió matar, le fue entregado un enorme cuchillo, el cual debía arrojar desde una distancia de cuatro pasos. Recuerdo bien la calle, solitaria, seca y triste; recuerdo que no había viento, ni arbustos, ni autos… no había movimiento. Me sumergí en un letargo más intenso que el primero, me perdí considerando los detalles de aquella soledad…

Cuando desperté era mi turno… allí estaba mi víctima apoyado en el muro blanco con una firme expresión estoica, mientras que a mi lado el predicador me extendía el cuchillo, en esos momentos ignoraba todo lo que sucedía alrededor, y sólo pensaba si debía decir si o no, los otros dos habían decidido matar, yo me sentí obligado a hacer lo mismo, creí que era lo que el resto vería aceptable… así que le dije que si. Para mi sorpresa, no me entregó el cuchillo, él se encargaría de arrojarlo, yo sólo debía dar la orden y dije “muerte”. Así que el hombre arrojó el cuchillo, fueron instantes de tensión, de remordimiento, yo sólo vi como aquel cuchillo fue a dar al muro, ¡muy por encima de la víctima!

El predicador sonrió sarcásticamente y dio la orden de irnos, las tres víctimas estaban vivas y estaban libres de rencores. Los otros cinco glorificaron a Dios y a la vida según la creencia de cada uno, por aquella lección recibida. Yo malhumorado di la vuelta para irme. No fui capaz de perdonar a quien ni siquiera me había ofendido, eso pensé mientras volvía a casa.

La vitrina del loco

Érase una vez un loco… que un día decidió comprar una vitrina de segunda mano, una vitrina que era enorme y antigua. La cual decidió enviar a reparar con un buen carpintero. Se le reparó sólo lo indispensable: se reforzaron los ángulos, se repusieron los cristales faltantes, le retiraron las telarañas y el polvo; de modo que el aspecto de antigua no le fuera quitado, eso la hacía hermosa ante el loco que la adquirió.

 

¿Qué iba a colocar en ella? Esa es una buena pregunta. Se dedicó a organizar meticulosamente todas sus pertenencias, que era abundantes, será porque era un loco y los locos coleccionan toda clase de baratijas y artículos aparentemente innecesarios. Días le tomó sacar cada objeto histórico de su escondite, vació todos sus muebles, sus cajas de cachivaches, todas sus prendas y aún su cuerpo que contenía algunas miniaturas casi invisibles que poseía, finalmente extrajo de su cabeza los fotogramas de cada sueño que le fue importante. Vaya usted a imaginar cómo lleno el suelo de la habitación de su grandiosa colección a la cual llamaba trozos de vida…

 

Bien, pues una vez que tenía todo recolectado pensó en un buen lugar para la vitrina, fue cerca de la entrada a la casona, de modo que cualquier visitante pudiera contemplar inmediatamente la obra de su vida. Dispuso de algunas luces tenues para alumbrar el sitio. Y se dio a la tarea de ir colocando en los estantes los primeros objetos, seleccionó detenidamente el objeto siguiente, había un mensaje implícito en el simple acomodo, el cual nadie podía descifrar sino él mismo y un espíritu de lo alto. Uno tras otro las figuras fueron ocupando su lugar en una vitrina que se iba convirtiendo en un enorme rompecabezas, el hambre y el sueño se fueron, los malestares ni siquiera se acercaron, así hasta colocar la última pieza: una tablilla de madera que tenía impresos tres puntos suspensivos con tinta de ambrosía que de un sueño pudo rescatar. Después de esto un profundo sueño lo venció y durmió por días.

 

Tiempo después despertó y frente así la monumental vitrina, atiborrada hasta el último hueco, le dictaba el poema de su vida, se lo enviaba en sutiles efluvios cada palabra escondida… le pareció maravilloso aquello y pensó con fuerza: “el mundo tiene que saber de esto”.

 

Su siguiente tarea, después de engullirse cuanto alimento encontró para calmar el hambre que repentinamente despertó, fue tomar fotografías de la vitrina y seleccionar una de ellas, seleccionó una de ellas para elaborar un cartel que imprimiría a fin de darle publicidad a su colección de objetos.

 

Los días subsecuentes se dedicó a caminar por las calles y pegar en muchos sitios los carteles que había realizado. Realmente estaba loco…

 

Sin embargo, pese a los innumerables esfuerzos, sólo acudieron un par de amigos suyos, quienes al verse representados en algunos de los objetos albergaron sentimientos especiales y sincero aprecio hacia la vitrina. Nadie más acudió a verla, eso fue lo triste del asunto, más a pesar de ello no dejó de ver la belleza que poseía y su obsesión se volvió más intensa aún. De modo que si hoy al ir caminando por las calles, te encuentras con uno de esos carteles que dicen “La Virtina del Loco, se inaugura el tal día del tal mes del tal año…” y sientes la necesidad de compañía no dudes y acude al domicilio señalado en la parte de abajo, seguramente encontrarás la puerta abierta y el loco sentado en un sillón pequeño; te verá entrar y sin duda te ofrecerá algo especial para beber. Fin.